QUIEN MAL ANDA, MAL ACABA

No descubrimos nada cuando decimos que la Asociación del Fútbol argentino (AFA) es un desastre desde cualquier punto de vista. No posee una conducción firme, cada dirigente prioriza su club por sobre la selección nacional, son malos administradores, pedigüeños de ayudas arbitrales y dinero para solventar los enormes números rojos de sus propias cuentas. Cometen errores graves como infantiles, papelones como el del año pasado en la votación del nuevo presidente. Se pasan de un bando a otro, vendiéndose al mejor postor. En fin, salvo excepciones, la performance de la mayoría deja mucho que desear.
Segundos después del pitazo final del árbitro español Antonio Miguel Mateu Lahoz, que decretó la eliminación del sueño de la tercera medalla dorada, varios opinólogos expresaron su bronca en las redes sociales. Salieron con los dardos afilados en busca del círculo rojo de la famosa diana, donde allí se alojan los nefastos dirigentes de nuestro fútbol. Otra vez el tema principal del día estuvo alejado a lo que sucedió dentro del campo de juego, del verde césped; para culparlos únicamente a ellos: los tipos de traje y corbata.
Desde este humilde lugar, y sin quitarle responsabilidades y culpas a los destructores del deporte más popular en estas tierras, es hora de hablar de lo más importante y de lo que lamentablemente pocos hablan: de la pelota. Claro, por estos tiempos existe un fanatismo desmedido a comentar sobre el entorno que rodea a los jugadores. Entonces, nuestros oídos son víctimas de innumerables primicias de peleas en un vestuario, de una relación amorosa entre la figura de un club y la modelo de turno, y muchas otras cosas más que no tienen relación con el juego en sí.
Por el contrario, nos desviamos de los intereses del moderno periodismo deportivo y vamos a analizar el pobre desempeño de la selección Argentina sub 23 en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro, quedándose afuera en primera ronda. Y, como si fuera poco, en un grupo accesible, teniendo en cuenta que lo completaron Portugal, Argelia y Honduras. Dada las circunstancias nos preguntamos lo siguiente: ¿Cuáles fueron los factores principales de la eliminación?
En primer medida, el equipo del Vasco Olarticoechea nunca pudo funcionar en conjunto. La idea nunca estuvo clara. Tal vez, el cuerpo técnico falló al expresar su manera de jugar o los futbolistas nunca lo entendieron. Evidentemente, los jugadores cayeron en el pozo ciego donde cae cualquier equipo que no encuentra un funcionamiento correcto: en las individualidades. Y allí también fracasó. Correa nunca fue el Correa desequilibrante que todos conocemos y siempre tomó decisiones equivocadas. Pavón jugó acelerado, lo cual lo privó de levantar la cabeza para resolver mejor cada vez que desbordaba. Calleri luchó contra todos pero erró mucho a la hora de quedar en situación de gol y Lo Celso jamás encontró su lugar en la cancha.
Además, fue un equipo totalmente desequilibrado, largo, con desorden constante, quedando mal parado en varias oportunidades y en los tres partidos disputados. No tuvo conexión en ninguna de las líneas, tampoco encontró pequeñas sociedades y, hasta por momentos, careció de personalidad. En varias ocasiones se los notó callados, casi sin darse órdenes entre ellos, como si faltara una voz de mando que los  ordenara dentro del campo.
Punto aparte para la actuación de Jerónimo Rulli, muchas veces salvador, pese al gol infantil que se comió ante los portugueses. Goles que, según dicen los que saben del puesto, es normal en el comienzo de la carrera de un arquero. De hecho, él, Ascacibar, algunos momentos de Gómez (sobre todo en ataque) y Alexis Soto fueron los que dejaron una imagen no tan mala. El resto estuvo muy por debajo de los rendimientos que nos tienen  acostumbrado.
Lamentablemente se veía venir este nuevo fracaso en la historia del fútbol argentino, se sentía en el aire el olor a una nueva eliminación dura y dolorosa. Ese mismo olor a bosta y miseria que se alberga en el edificio de la calle Viamonte desde hace muchos años y que sale al exterior cada vez que la puerta se abre. Siempre con el mismo fin: contaminar la camiseta celeste y blanca, y de paso también a las de los clubes de todas las categorías
En fin, cada uno deberá hacerse cargo de la responsabilidades que les toca en todo esto. Lo cierto es que quien mal anda, mal acaba.




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