UN TIPO DESAFORTUNADO

Tengo veinticinco años, soy de la generación de los noventa, de aquella época donde dio comienzo a una etapa muy triste en nuestro país, ya que algunos atorrantes de la política nos dejaron en la ruina. En cuanto a mi profesión, soy Periodista deportivo recibido en la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la ciudad de La Plata, localidad en la que habito, pese a ser oriundo de Ayacucho, que casualmente hoy cumplió 150 años de vida.
El motivo que me llevó a sentarme a escribir estas líneas también tuvo que ver con un aniversario. Sin embargo, esta conmemoración no mantiene relación con los fogones repletos de asados que inundaron la avenida Solanet de mi querido pueblo. No se trató de carnes rojas pero sí de la otra gran pasión de los argentinos: el fútbol. Ese deporte que tan feliz nos hace ante cada victoria de nuestro equipo y que nos deja un sabor amargo y una bronca incontrolable en las derrotas.
Personalmente me siento un tipo desafortunado. Ojo, no lo digo por la vida misma. Sería muy injusto de mi parte sentirme así teniendo en cuenta las dificultades que sufre cotidianamente mucha gente en todo el mundo. Mi grado de infelicidad está referido exclusivamente al ámbito futbolístico, a ese 22 de junio de 1986. Cada vez que tengo el privilegio de dialogar con algún familiar o conocido, que tuvo la suerte de ser contemporáneos a aquel partido, siento una envidia insalubre, impropia de mi personalidad. Y es allí donde mi cabeza empieza a buscar culpabilidades ilógicas. Qué porqué mis viejos no se conocieron antes, lo mismo para  mis abuelos y bisabuelos, continuando con todo un árbol genealógico interminable. Todos son culpables de alguna manera u otra por abortarme la posibilidad de ver al Diego desparramando ingleses en vivo y en directo.
Pienso que el momento del hecho es donde más felices somos. Por ejemplo, sí estamos a punto de darle un beso a la chica/o que nos gusta, en la previa vamos a estar dominados por una serie de nervios e inquietudes. A su vez, el post suceso será el recuerdo y la alegría de lo que fue. Sin embargo, las emociones más fuertes las vamos a sentir en el instante donde le estampamos el beso que tanto esperamos. Lo mismo pasa cuando vamos a la cancha a ver al equipo que amamos y el goleador marca un gol o el árbitro pita el final del partido, brindándonos la posibilidad de gritar campeón.
No obstante, muchas veces tuve que conformarme con interactuar con la imaginación para suplicarle que me llevara a fantasear lo que habría sido de mi si hubiese estado presente aquel día. Nuevamente miles de preguntas surgieron de la nada y murieron al no encontrar una respuesta posible. Porque por más que lo intentemos una y mil veces, es imposible engañar a la mente; por ende no existe ninguna manera de experimentar ese momento increíble. Entonces tuve que resignarme a volver a escuchar a esos cuarentones afortunados que, con una risa sobradora, se dieron el gusto de hacerme sentir un tipo destinado a no conocer nunca la felicidad completa.
Aquella tarde un morochito vestido de azul, pero con el corazón celeste y blanco, arrancó desde atrás de mitad de cancha con un solo objetivo: el arco rival. El espectacular estadio Azteca era el escenario principal, aunque para él era como jugar en alguna canchita ubicada en Villa Fiorito. Tomó la pelota y encaró, ya de movida dejó a dos ingleses en el camino, siguió por el tercero, luego el cuarto y al ingresar al área desparramó al arquero Shilton y, cayéndose, la empujó para finalizar la obra de arte más importante de la historia de los mundiales.
Aproximadamente doce segundos duró la mejor expresión del potrero argentino, la que ridiculizó por la eternidad a los inventores del deporte más lindo del mundo. Se cumplieron treinta años de aquel gol de Maradona a Inglaterra, del barrilete cósmico; y a pesar de haberlo visto millones de veces y desde todos los ángulos posibles, me quedará la espina de no haber tenido la suerte de estar presente. De hecho, siempre me preguntaré lo mismo: ¿Qué sensaciones hubieran pasado por mi cuerpo?. En definitiva, respuesta que nunca podré tener, simplemente por ser un tipo desafortunado.











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