EL POTRERO EN PELIGRO DE EXTINCIÓN


De repente algo cambió. El desfachatado y habilidoso del equipo no tiró nunca más un caño, el que jugaba con “el cuchillo entre los dientes” e iba al piso en todas las jugadas jamás volvió a su casa sucio desde los pies hasta la cabeza. El dueño de la bocha la escondió en el baúl de los recuerdos. Concluyeron los abrazos, las picardías del pan y queso, las apuestas, las patadas, y los encontronazos producto de alguna pierna fuerte.

Los vidrios de las ventanas no se rompieron más por los pelotazos, tampoco la pelota corrió el riesgo de ser pisada por algún auto cuando se iba a la calle. Los buzos ya no se utilizaron para armar los arcos. Cesaron los llamados de la vieja loca de la cuadra que no podía dormir la siesta y mandaba a la policía para que nos sacara de nuestro querido templo, que para nosotros era más importante que el Monumental o la Bombonera. ¡Si habremos apretado los dientes para no mandarla al lugar donde nació!

En el olvido quedaron aquellas amenazas de nuestras madres para que no fuéramos a jugar los días de lluvia, y los posteriores insultos al aire cuando nos veían llegar con barro hasta en las orejas. Nada nos importaba, y pese a alguna que otra penitencia,  inventábamos una pincelada a lo Román, o algún amague como el burrito para estar presente en el “picote” eterno que comenzaba después del almuerzo y terminaba cuando desaparecía el sol.

Sin embargo, los años fueron pasando y casi sin darnos cuenta comenzamos a ver que los potreros o las famosas  “canchitas del barrio” empezaron a ser reemplazadas por esos pintorescos cercados o galpones cerrados y privados con un servicio poco relacionado a los costos elevados que suelen tener muchos de ellos. No todos, claro.

Habida cuenta de esto, el verde césped desparejo de las líneas laterales y totalmente pelado en el centro del rectángulo -donde vimos pasar a muchos talentos que no llegaron a pisar un vestuario profesional porque, según dicen los que saben, se necesita algo más que el arte de jugar bien- desapareció y pasó a ser un negocio para unos pocos.

Por supuesto que a eso se sumó el enorme abanico de distracciones tecnológicas del mundo moderno y la inseguridad que parece no tener fin. En efecto, éste cúmulo de cosas lograron desdibujar el placer y la pasión por “patear un rato”.

Por otro lado, nuestro querido fútbol argentino también terminó siendo afectado directamente, debido al actual dejo por el valor de varias características que se forjaban en esos baldíos: la gambeta y la técnica para controlar la pelota, entre otras. La primera de ellas tan necesaria para esquivar esas patadas que si te agarraban te partía al medio, y la segunda como factor esencial para no pasar vergüenza en un terreno totalmente desequilibrado.

En definitiva, y si bien es cierto que todavía se puede encontrar alguna canchita a la intemperie,   los potreros están en peligro de extinción y lamentablemente quedó naturalizado en la sociedad. El futuro es desalentador, los chicos disfrutan de otras cosas y en consecuencia el talento argento va perdiendo su color con mayor frecuencia. Como dijo el Diego, se nos escapó la tortuga y no nos dimos cuenta.


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